Cuando amanecen días soleados que templan el ambiente invernal, recorrer tranquilamente los arenales resulta gratificante para el espíritu y un deleite para quienes vivimos próximos al mar. Jugar con las olas o simplemente contemplar su vaivén ameniza el paseo por la orilla. Y en el límite del agua y la arena, descubrir pequeñas cosas que deja la marea resulta un entretenido juego para quien sepa mirar; además, extraer del paisaje a personas que comparten el encanto del momento, de la luz, de la espuma… ayudan –me ayudan- a componer la postal de una mañana luminosa y transparente, de esas mañanas de invierno que alejan escalofríos y provocan descuidos de bufandas.

Fotografías realizadas el 1 de enero de 2015
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