lunes, 15 de junio de 2020

El silencio de los bisontes



Tras 15.000 años en la oscuridad silenciosa de la cueva, el despertar con un sobresalto producido por las multitudes y el deslumbramiento de linternas y lámparas, resultó estresante para los animales que descansaban en el techo de Altamira. Bisontes, caballos, cabras, … empezaron a padecer en pocos años –en comparación con el tiempo que llevaban inalterados- un grave deterioro, a mostrar una alarmante alteración de su pintura y a sufrir la presencia de hongos y patógenos que amenazaban con destruirlos. Así que se cerró a las visitas la cavidad y se priorizó de manera acertada la protección ante la explotación turística. Parece que ese deterioro, al menos, se ha frenado.
Ahora, tras un periodo de obligado parón en la actividad humana, hemos comprobado como la naturaleza ha tenido un respiro y cómo han mejorado muchos hábitats. Han mejorado las aguas, los animales se han recuperado de situaciones de estrés acercándose confiadamente, incluso, a carreteras y poblaciones, el aire de ciudades que antes se mostraba turbio se ha vuelto trasparente… Pero no sólo ha sido así en la superficie, parece ser que la ausencia de visitas en las cavidades subterráneas ha producido una mejora considerable en el estado de las cuevas, especialmente en las que poseen pinturas y restos arqueológicos.












Fotografías realizadas el 9 de junio de 2020 (Lógicamente las de los bisontes no pertenecen a las pinturas originales, sino a las magníficas reproducciones de la Neocueva del Museo Altamira)

martes, 21 de abril de 2020

Pesado liviano equipaje




Para vivir la vida intensamente no es necesario un gran petate, cuando te pones el mundo por montera con una mochila ligera te sobra porque para los largos viajes es mejor equipaje ligero y llevar la casa a cuestas debe resultar liviano para disfrutar intensamente del camino. Esa casa que es refugio de tormentas, ventiscas y tempestades. Hogar en el que dormimos sin sobresaltos a pierna suelta cuando la vida nos sonríe y cuando la puerta permanece abierta a nuestra voluntad para salir a beber los días o nos llegue aire fresco y esperadas compañías.
Hogar que puede tornarse un pesado petate con el que nos cuesta vivir cuando se convierte en nuestra reclusión, sus cuatro paredes se convierten en murallas de piedra y se nos antoja una pesada carga que nos provoca flaqueza y tristeza. Pasan los días, sale el sol, llueve y vuelve a salir el sol y miramos la puerta cerrada con la esperanza de que se abra por fin, que entre aire fresco y salgamos de nuevo a perseguir la luz.

Fotografía realizada desde el balcón en abril de 2020

miércoles, 15 de abril de 2020

Volar

























Hoy esta palabra solo puede ser un sueño, una metáfora ante el cautiverio, un deseo que se acrecienta imparable cada día que pasa. Volar es el anhelo de los reos cuando vislumbran los muros del penal. Porque ahora nos damos cuenta de lo pequeño que se hace el horizonte cuando solo se contempla a través de una ventana, cuando sólo lo podemos abarcar con la memoria o solo cabe en los límites de una fotografía. Intentamos sobrellevarlo rebuscando entre esos rectángulos de papel con colorines donde permanecen impresos nuestros recuerdos, imágenes tangibles que nos confirman que lo que evocamos, en efecto, sucedió.
Intentando confirmar añoranzas, pequeños momentos vividos, de esos que juntándolos nos enseñan cuanto de felices hemos sido, desempolvo de los viejos álbumes unas imágenes donde disfruté simultáneamente de dos de mis pasiones. Los que me conocen, y los que leen este blog, saben lo que me gusta volar y la fotografía (o el video). En estas fotos aparezco, unos cuantos años más joven, volando con un parapente desde la cumbre de La Viorna hasta Potes, en Liébana. Llevo atada en la pierna una cámara de video, aún no se habían inventado las pequeñas cámaras GoPro, y para grabar el vuelo desde la visión del piloto había que recurrir a la imaginación y, cómo no, a una pequeña dosis de valor (además de la confianza del dueño de que en el aterrizaje no se destrozara la cámara).
Ya no piloto parapentes, pero me sigue gustando ver el mundo desde el aire, contemplar cómo el horizonte, con la altura, se va curvando y el relieve se va aplanando… ¡Ay... volver a volar!






Fotografías realizadas por Pedro Miranda en 1990

jueves, 9 de abril de 2020

Naufragio



Todos estamos agotados, aunque algunos sacan fuerzas de flaqueza y nos ayudan a los demás. Son muchas semanas de esfuerzo, de tensiones, de sobreponernos al desgaste psicológico que produce tal situación inimaginable sobrevenida inesperadamente. Cada noche de cada día concluye igual: el balance de víctimas, el de salvados… el intercambio de ánimos y el brotar de emociones y lágrimas. Al caer la noche, entorno al fuego surgen canciones que entonamos en coro y hasta anécdotas graciosas para irnos a dormir, los que puedan, un poco menos tensos. 

Al amanecer, de nuevo la misma rutina que el día anterior en este islote rocoso en medio de un océano tormentoso que nos trae heridos y ahogados a la orilla y restos rotos del hermoso velero en el que dichosos navegábamos antes del naufragio. Otro día más cercados por la tormenta, sin poder huir y con la amenaza constante de que una enorme ola, de las que saltan por encima del horizonte, nos barra de las rocas y nos aleje de nuestro único refugio de salvación. Nuevos recuentos de muertos, de heridos… añorando la mar en calma de antes del desastre y, mientras se van recuperando los lesionados, otros caen en el desánimo y en la crítica y otros, ¡malditos!, aprovechan la situación para con artimañas y falsedades debilitar nuestro ánimo, desunirnos y erigirse en salvadores. 

Y en el horizonte comienzan a aparecer negras aletas que se van acercando a la isla esperando pacientemente a que todo pase y cuando, confiados de que se superó la tempestad y volvamos a navegar, aprovecharse de nuestra debilidad para adueñarse de nuestras vidas y saciar su hambre. Los tiburones no tienen piedad con los débiles.

9 de abril de 2020

Fotografía realizada en la costa del faro de Cabo Mayor en 1973

domingo, 5 de abril de 2020

Seréis buenas profesionales



Hay profesiones cuyo ejercicio puede ser, en muchas ocasiones, muy duro y para el que hace falta poseer una gran dosis de valor, fortaleza y empatía. Y, además, ser muy conscientes del deber. En estos días lo podemos comprobar entre los que trabajan por el bien de los demás, especialmente entre el personal sanitario que, trabajando en contacto con el virus, pelean por sacar adelante a todos los pacientes.
Por eso, a la hora de elegir una profesión, y con mayor motivo las que trabajan para evitar el mal ajeno, es tan importante tener vocación, poseer capacidad de servicio, ser capaces de sacrificar en algunos momentos la seguridad propia por el bienestar de los demás. Como Inés y Ana, que han salido del anonimato –y de su “cómodo” confinamiento- para ofrecerse a sus vecinos, como algunos más en este país, para asesorarles o ayudarles, especialmente a los de alto riesgo. Son estudiantes de medicina. Digno relevo de los que hoy se baten el cobre por nuestra salud.
¡Serán, seguro, grandes profesionales!

(Transcripción de la nota que han puesto en los ascensores de       
su casa)
      Vuestras vecinas estudiantes de medicina del
      3º C (Ana e Inés) os queremos informar que
      estamos a vuestra disposición para cualquier
      tipo de duda, consulta o ayuda que puedan
      precisar.
      Pueden llamarnos o dejar sus dudas en nuestro
      buzón.
      Aquellas personas de alto riesgo que no
      puedan o deban salir de casa para comprar,
      pasear al perro, nos ofrecemos a hacerlo
      nosotras (sin ánimo de lucro)
      Un abrazo fuerte y mucho ánimo!!
      Inés 699 ……
      Ana  648……

5 de abril de 2020

martes, 31 de marzo de 2020

El inexorable paso del tiempo



De joven hasta puede parecer que los años van demasiado despacio con esa ilusión por ser mayor, por ser independiente y poder hacer lo que quieras sin contar con nadie. Ese afán juvenil de no rendir cuentas y probar lo prohibido, amar, ensalzar la amistad, dar rienda suelta a la vida y a las locuras que surjan espontáneamente en cualquier momento. En fin, vivir con intensidad y sin límites.
Ahora, desde la perspectiva del tiempo ya vivido, momento a momento, minuto a minuto, con tan vertiginosa velocidad que al mirar atrás produce vértigo y te impide recordar con exactitud -siempre resulta ser mayor- cuánto tiempo hace desde cada acontecimiento conmemorado, ¡ahora resulta tan corta la vida...!
Y es que algún sabio ya entradito en años contestó, a la pregunta de cuál era su edad, que tenía “unos veinte, con suerte”, porque en realidad eran los años que le quedaban según la media de esperanza de vida, los anteriores ya nos los tenía.
Pero, paradojas de la vida, en el momento que añoras poder ralentizar el tiempo porque no te llega para los planes que te pasan por la cabeza, porque tienes la sensación de que se escapa entre los deseos, resulta que ansías que todo pase pronto. Los días entre cuatro paredes se hacen eternos, parecen vacíos, aunque llenos de temores, saturados de silencios infinitos que nos confunden la mente tan acostumbrada ya a una existencia sin ellos. Anhelas que cada día sea toda una semana. Deseas poder, viajando en el tiempo, llegar al día después, al tiempo en que ya pasó todo y, sin necesitar abrir la ventana como cada mañana, abrir de par en par la puerta y salir a que te moje la lluvia o te bañe el sol, acercarte a la gente, abrazar por doquier, besar intensamente, correr y correr calle arriba y calle abajo hasta perder el aliento por el esfuerzo y no volver a los días anteriores cuando estábamos tan temerosos de perder ese aliento entre cuatro paredes.

30 de marzo de 2020

Fotografía realizada en el collado de Pandébano (Picos de Europa) en 1975

miércoles, 25 de marzo de 2020

Los sonidos del silencio





De repente tanto vacío en la calle, tanta carretera solitaria, tanta ausencia de motores que sin descanso y de un lado a otro inundan mi vida de un ruido constante… tanto silencio que se puede oír algún perro en lejanía con ladridos tímidos, como intentando no romper la paz. De pronto puedo distinguir el moderado sonido del tren pasando detrás de las gradas del campo de futbol y descubro un silencio olvidado.
Vuelvo a recordar la tranquilidad de mi infancia cuando el paso de cada tren, entonces con máquinas de vapor alimentadas con carbón y arrastrando coches con asientos de madera, rompían aquel silencio y marcaban el ritmo vital y laboral de la gente del pueblo, marcaban la hora del ordeño y hasta el fin de la siesta. Desde mi casa lo podía ver entonces salir de la estación e ir cogiendo velocidad y dejando atrás una estela de humo mientras su sonido se iba desvaneciendo por Mompía, donde, como último respiro antes de desaparecer definitivamente, emitía un pitido para avisar en el paso a nivel.
Vuelvo a recordar la tranquilidad que nos permitía jugar al fútbol o imitar partidos de tenis, con palas en ausencia de raquetas, en plena carretera por donde pasaba un coche de tarde en tarde y le oíamos acercarse con tanta antelación que podíamos detener el juego antes de que llegara. Así tardes enteras, solo interrumpidas para paliar la sed bebiendo a morro en cualquier fuente. Entonces eran nuestros alegres gritos infantiles de juegos interminables, de no parar hasta la hora de la merienda y de la cena, y las correrías en bici o el rodar de los triángulos caseros cuesta abajo por esa carretera los que rompían el silencio y, de vez en cuando, algún ladrido de los guardianes que en cada casa velaban por la ausencia de extraños.
Recuerdo cómo entonces la iglesia no tenía reloj, para qué si los tiempos los marcaba el tren, y solo sus campanas llamaban a misa los domingos contribuyendo así a mantener el sosiego que se rompía sólo una vez al día, con extremada rutina y precisión, con el canto de los gallos al amanecer que, como un coro diseminado aquí y allá, se oían por todos los puntos cardinales a distintas distancias. Entonces prácticamente todas las casas tenían gallinero, y tenían huerta…
…Sigo escuchando el silencio de mi infancia mientras cae la tarde en esta extraña situación y mi espíritu se inunda de contradicciones. Quiero seguir disfrutando de este silencio, quiero oír el paso del tren, quiero recuperar tanta tranquilidad… pero… sobre todo, quiero que la gente vuelva a salir de su casa, vuelva la trepidante y ruidosa rutina y a imaginar, entre tanto bullicio, la alegría de los niños jugando en los parques.

24 de marzo de 2020