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miércoles, 1 de diciembre de 2010

La escuela de Dewata


Hoy he estado en la escuela de Dewata que tiene dos aulas, una para niñas y otra para niños. La profesora de inglés ha salido a saludarme con su hijo en brazos, comentándome que hay 93 alumnos. Los alumnos jugaban en el campo que rodea el pequeño edificio rosa, ellos al criquet, que es el deporte nacional con tanta afición en India como el futbol en España, y ellas a las canicas, utilizando una forma de lanzar peculiar, o al menos, que yo desconocía. Amablemente me han enseñado que consiste en sujetar la canica en la yema del dedo corazón empujándolo hacia atrás y soltarlo a modo de catapulta. Aunque parece poco efectivo, ellas demuestran una precisión increíble.










Junto a la escuela hay unos altares de ofrendas y un pozo con bomba de agua manual, donde aplacan la sed y que es utilizada también por las gentes del lugar para lavar o acarrear agua a las casas. Una niña me ha mostrado los tatuajes de sus brazos y manos recién realizados y, en cuanto han cogido confianza, me han pedido que les fotografiara con sus amigos y compañeros y me han recordado cuando yo empecé a la escuela de Bezana y rara vez aparecía un fotógrafo sino para lo foto oficial.






Dewata es una aldea pequeñita junto a la carretera, de esas que no aparecen ni en los mapas, y a esa hora del mediodía los bebés dormían la siesta mecidos cariñosamente por sus madres.




Un par de horas antes nos habíamos detenido en Ghomti, pequeño pueblo y encrucijada de caminos donde toman o trasbordan autobuses personas y mercancías. Es también un activo mercado, parada donde el viajero puede comer algo, barra donde aplacar la sed, peluquería donde acicalarse el pelo o afeitarse la barba con navaja, taller de reparaciones, o donde se atiende cualquier servicio que se demande, eso sí, a la orilla de la carretea y al modo de India. Por cierto cuanto más circulamos por este país más se nos asemeja a África, opinión que unánimemente hemos manifestado en varias ocasiones.





















martes, 30 de noviembre de 2010

Udaipur





Se nota que en esta ciudad hay más turismo. Pronto se preparaban los que deben sus ingresos diarios a los visitantes. Los camellos  aguardaban ya desayunados, el conductor de rickshaws dejaba limpio su vehículo, el fotógrafo ocupaba su sitio cerca del parque,...






... el vigilante de las Cúpulas abría las puertas y hasta el carrusel iniciaba las primeras vueltas alegrando la mañana a su primer pasajero.


Pero lo que a nosotros hoy nos sorprendió nada más levantarnos fue un empleado del hotel  enseñándonos un periódico del día.
-“Your friend”. Señalaba.
Efectivamente, en la contraportada publicaba una fotografía en la que Ramón aparecía fotografiando a unas vendedoras.
Durante todo el día y desde las cuatro esquinas se han oído explosiones de cohetes, campanas y canticos de las distintas creencias y diferentes templos.













La sonrisa de la mendiga









Ocurrió en Udaipur, una ciudad rodeada por el lago Pichola y las islas Jadniwas y Jagmandir con sendos palacios de majarajas, y con un enorme palacio y multitud de templos, donde cada noche parece una fiesta por los fuegos artificiales que estallan en sus ritos.
Habíamos  recorrido la orilla observando cómo se aseaban y lavaban la ropa y callejeado después hacia la parte alta de la ciudad. Fue al lado de un templo donde los ricos llevan comida para los que no tienen y cumplir el precepto de ayudar al necesitado. Una fila de mendigos comía en el suelo. Niños y mayores  parecían ejecutar un ritual. No quería interferir en ese momento y no hacer fotos, como hasta ahora, de la gente que vive en la miseria pero, de pronto sin saber por que, enfoqué a una mendiga y ella al verme se detuvo posando y me sonrió. Disparé la foto, la devolví la sonrisa –namasté- y ella siguió comiendo ya sin la sonrisa. Es posible que fuera la única vez que sonrió en todo el día.












lunes, 29 de noviembre de 2010

Motisar





Motisar es una aldea cerca del desierto por donde pululan las cabras y donde sus humildes habitantes se dedican a la agricultura. Al poco tiempo de parar nuestro coche, deambulaba solo por sus polvorientas callejas interesado en conocer los ambientes rurales sin sospechar que iba a vivir una excepcional demostración de hospitalidad. 
Afuera de una casa dos enormes altavoces emitían una rítmica melodía que servía para que varias mujeres y un hombre bailaran.  En unos instantes me habían cogido de la mano, llevado junto a los danzantes y “obligado” a imitarles, claro que, dada mi torpeza con la danza, sin más intención por mi parte que la de no ser descortés.


Aún celebraban una boda, pese a que los cónyuges ya no estaban y sin preguntas de ningún tipo se empeñaban en hacerme partícipe.























Dos mujeres se afanaban en preparar la masa de chapatis en cuclillas. Cerca, un hombre, quizá el anfitrión, freía en una gran sartén sobre una fogata las tortitas, invitándome a comer. Lo más cortésmente que supe decliné la invitación. Dos mujeres mayores escogían perejil preparándolo para la venta. Tres niñas me pidieron una foto de su mejor sonrisa.

Para no tener que incorporarme al baile, me interesé por los llamativos tatuajes de hena que una mujer le hacía a un niño.


A punto de irme con la disculpa de que mis amigos me estarían buscando, rechacé amablemente un té. Fue entonces cuando, para mi sorpresa, la anfitriona, ya que no podía quedarme, me puso dinero en la mano para que lo celebrara por ahí con mis amigos.
Aquel detalle de hospitalidad en lugar tan humilde me estuvo rondando por la cabeza el resto del día durante los baños rituales en el lago de Ajmer o la visita al templo Hamista y me temo que un poco de Motisar, de alguna manera, se quedará ya conmigo.

¡Ojalá éste Blog pudiera hacer compartir algo del trato recibido en aquella casa!