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domingo, 13 de enero de 2013

Monstruos gigantes

 
Dejando atrás Las Tuerces y Peña Amaya, el horizonte se aleja, se alarga y se aplana. Castilla. Territorio llano de fríos inviernos y calurosos veranos; con pueblos alejados pero de hogares apretujados alrededor de una plaza; con torres de iglesia y, a veces hasta fortaleza; con nombres que mientan a sus solariego dueños... de la Reina, de Diego… o a su río… de Ríopisuerga, de Odra... Historia y leyendas. Lengua y refranes. Tierra de cereales y artefactos harineros que alcanzan el cielo, graneros y molinos a modo de rascacielos… monstruos, “desaforados gigantes” que diría Don Alonso Quijano.
 
 
 
 
Villadiego, 12 de enero de 2013

Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes…”


A Lucía y Ramón


 

sábado, 17 de septiembre de 2011

Caminos hacia el norte


Por Segisama transcurría la calzada que desde Cesar Augusta (Zaragoza) se dirigía a Asturica Augusta (Astorga) y aquí, en la hoy Sasamón, estableció su campamento base la Legio IV Macedonia en los tiempos en que Octavio Augusto se dirigió hacia la cercana Amaya para destruirla y seguir camino del norte a la conquista de la tierra de los cántabros.


Romanizadas estas tierras, se empedraron los caminos al modo romano para comunicar castros y aldeas, para que en siglos posteriores llegaran musulmanes, para que naciera Castilla y su historia se enriqueciera de acontecimientos. Santa María la Real es su iglesia, de gótica construcción y digna seo de un antiguo obispado. De la iglesia románica de San Miguel de Mazarreros solo queda ya la portada para enmarcar, en el horizonte, la Peña Amaya.






Aguas arriba del Brullés, hacia el norte, el viajero “toma las de Villadiego” y hace suyo el dicho como lo hicieran,  en épocas de persecución, los judíos de la península buscando la tranquilidad que les daban los privilegios y encomiendas que Fernando III el Santo concedió a los que en esa villa residían, eso sí, obligados a vestir siempre las distintivas calzas amarillas. Las otras alternativas para aquellos hebreos eran la conversión o el éxodo. La riqueza que allí se juntó se adivina hoy en su casco histórico y de la hospitalidad dispensada dan muestra todavía sus gentes.