En esta tierra donde nací, de días nublados que intensifican
los verdes y resoles que alegran el paisaje, siempre en la lejanía hay una
línea azul. Si subes a las montañas, allá donde la nieve perdura hasta el
siguiente invierno, verás valles, praderas, bosques y pueblos y, en la lejanía,
una franja azul que se junta con el cielo. Cuando por las riberas sigues el
curso de arroyos y ríos, dejando atrás vegas y desfiladeros, siempre caminas
hacia el norte, como si la rosa de los vientos hubiera marcado de antemano tu destino, hasta llegar a la sinuosa costa donde rompen
las olas contra los cantiles en días de temporal o lamen suavemente los
arenales cuando son tranquilos. Y es que siempre, al fondo, está el mar. Siempre
poniendo el fondo azul para resaltar los colores del paisaje, siempre, estés
donde estés, marcando el norte, decidiendo si llueve o hace sol, labrando día a
día, incansable, el precipicio que pone
fin a la tierra firme y conquistando nuestra atención con el ir y venir de
espuma y salitre.
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martes, 14 de marzo de 2017
domingo, 27 de febrero de 2011
De Ballota a Calderón
Donde descansan rumiando las vacas entre la ensenada Cabrera y el mar Cantábrico, a tiro de piedra de Tagle, comienza un recorrido donde disfrutar de los parajes costeros, de la brisa o el fuerte viento del noroeste, las bruma o el olor a salitre. Desde Punta Ballota, en dirección a poniente, con los Picos de Europa en el horizonte, por praderías encaramadas sobre los acantilados, continúa una senda hasta encontrarse por sorpresa con el arenal, el Sable, en el estío rincón lleno de bañistas y en invierno tranquilo escenario para amantes y paseantes.
Se encarama la senda por los cantiles de San Telmo, en pos de los retos del viejo torreón otrora atento vigilante de navíos y galernas, allá en lo alto. Dos muros, rígidos equilibristas, quedan de su altiva figura encaramada, inalcanzable para olas y sacudida de todos los vientos. Aún mantiene una ventana para mirar al ocaso y ver la costa que entre brumas se difumina por las Asturias; y otra al norte, para que se pierda la mirada en el horizonte del mar. A sus pies, otro arenal, playa en marea baja, hermoso rincón pedregoso con la alta. Santa Justa de nombre. Sobre el mar, bajo los pies del torreón, un capricho de las rocas que arquearon sus estratos para formar un arco y así, a refugio de vientos y embates de la mar salada, erigieran los cristianos una ermita a la Santa.
Por Ubiarco y costeando, por donde crecen los maizales, las praderas o pastan los caballos, enfila el camino rumbo a la ensenada Calderón. Algún bufón se oye en el recorrido cuando el noroeste sopla y la mar sacude con fuerza la costa. Óxidos los colores de la tierra, verdes los prados, grises el mar y el cielo amenazante. Desde lo alto del cantil observamos el pequeño puerto que la virulencia de las tormentas se empeña en destruir. Un cataclismo de rocas corta el paso costero y obligan al retorno o al rodeo por El Arroyo a Oreña por donde reciben curiosas unas búfalas sustitutas de las pintas tradicionales.
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