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domingo, 11 de mayo de 2025

Paso a paso de piedra en piedra

 

Cuando uno recorre los espectaculares  recovecos del Cañón del Rio Lobos se siente constantemente vigilado. De observador pasa uno a observado. Y es que desde los farallones y desde la parte alta de los cortados rocosos siempre la presencia de los buitres leonados, auténticos reyes del desfiladero, parecen controlar a todos los que recorremos las sendas. El día ha estado nublado y la ausencia de corrientes de aire ascendente les ha obligado a permanecer en sus nidos y posaderos, salvo en unos pocos y breves vuelos cuando por la tarde apareció tímidamente algo de sol.

Como el río baja despacio, sin grandes desniveles, y creando meandros por las verdes explanadas, no es el correr de las aguas lo que más se oye, sino en muchos casos el croar de la multitud de ranas que pueblan los ecosistemas repartidos por el  cañón. Es primavera y época de celo así que los estanques con abundantes nenúfares y orillas cubiertas de vegetación se convierten en un gran auditorio donde el sonido de los machos de estos anfibios tapan el resto de los sonidos de la naturaleza, especialmente los cantos y trinos de  aves y pájaros que abundan por doquier.

Entre sabinas, pinos, enebros, encinas, espliegos, tomillos, matorrales… recorremos paso a paso el sendero por el fondo del desfiladero y que, de vez en cuando, atraviesa el cauce por hileras de grades piedras separadas que obligan a dar grandes zancadas, en alguna ocasión rebasadas por el agua que desde su nacimiento en la Sierra de la Demanda desemboca al final del Cañón en el río Ucero, afluente del Duero.

















Fotografías realizadas el 1 de mayo de 2025.

jueves, 10 de febrero de 2022

Los aires de Amaya

 











Amaya reluce bajo los rayos del sol sobre el Páramo de Villadiego. A sus pies, la extensa llanura castellana se pierde en el horizonte sin que nada proyecte sombra. Por eso su silueta la distingue desde muy lejos quien se acerca desde Castrojeriz por tierras burgalesas o de Palencia por Tierra de Campos. Su perfil es inconfundible. Altiva, inaccesible, bella.

Esta meseta, separada del resto que configuran la zona geológica de Las Loras, parece adelantarse hacia el sur separándose de una orografía agreste y espectacular que la arropa por el norte. Rodeada por farallones verticales, no es de extrañar que fuera elegida ya en la Edad del Bronce como morada y asentamiento humano. Su inaccesibilidad protegió a sus habitantes durante los 2000 años que fue habitada. La aldea fue fortificada y dotada de un castillo convirtiéndose en “ciudad madre”, como significa etimológicamente el nombre de Amaya, o sea, capital. De la importancia adquirida por esta capital de los cántabros dan cuenta las numerosas citas en la que aparece a lo largo de la historia y cómo sufre la conquista de visigodos y musulmanes. Sede Ducal y Obispado, su declive y despoblamiento se inicia con el nacimiento del Reino de Castilla y la proliferación de poblados en la llanura, quedando definitivamente abandonada en el siglo XIV.

Para recorrerla a pie es necesario acceder desde su lado oeste por la trinchera tallada en la roca que formaba parte de las defensas del antiguo castro. Desde allí, ya por encima de los primeros farallones y atravesando las ruinas de la aldea medieval, se puede ascender a las dos cumbres de la Peña. A la izquierda, entre restos de la muralla que fortificaban las paredes de roca, se alcanza El Castillo, con los relieves aun visibles de las dependencias de la fortaleza. Y, tras un leve descenso y por una trepada para salvar las paredes verticales, la cima derecha mas lejana conocida como La Muela. Si el tiempo es estable y despejado sorprende lo extensa de las vistas alrededor. Pero si, por el contrario, el día es muy ventoso, su peculiar ubicación azotada por todos los vientos convierte en desagradable el recorrido de su páramo y será necesario avanzar por sotavento. Cuando sopla fuerte el viento, los aires de Amaya también la hacen inexpugnable.


















































Fotografías realizadas el 5 de febrero de 2022



jueves, 17 de marzo de 2016

Tureña


Hacía tiempo que quería conocer la zona de la montaña burgalesa próxima al puerto de Carrales. El tiempo había ido pasando sin que visitara la zona, pero siempre que viajaba por allí me llamaba la atención la orografía  “caótica” que se extendía hasta el horizonte, las agrestes cumbres y los largos valles que perforan el páramo. Por fin llegó la ocasión y a la idea de una ruta de exploración de la zona para nuevos recorridos, le proporcionó un aliciente añadido el paisaje que se nos presentaba tras la última nevada. Aunque el estado de la nieve no nos permitía proponernos objetivos difíciles ni largos recorridos, si pudimos disfrutar con la ascensión al pico Tureña, que sobresale entre el hayedo por donde discurrió gran parte de nuestro recorrido. De regreso, las nubes se apartaron para enseñarnos las cumbres también nevadas de Campoo y la jornada soleada que disfrutaban en Braña Vieja.


























Fotografías realizadas el 12 de marzo de 2016