Cada jornada unos colores, una luz diferente, un horizonte distinto, un paisaje nuevo, característicos relieves y panorámicas dispares. Las montañas, aunque conocidas ya por muy pateadas, se muestran con nuevos trajes según cada jornada y muestran sus originales caras con diferentes matices, rincones nuevos ante los ojos que anhelan descubrirlos. No solo nieve es invierno, también es agua helada en lo sombrío, escarcha mañanera, son ramas desnudas y hojas descomponiéndose en el suelo, son rocas calizas con su blancor deslavado creando agrestes laberintos, verdor húmedo tapizando el suelo y los trocos caídos, es la vida aletargada, el tiempo de espera para el rebrotar allá por primavera… y el sol, muchas días ausente, cuando logra escabullirse entre las oscuras nubes, convierte el horizonte en protagonista de llamativos atardeceres.
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lunes, 17 de febrero de 2025
No solo nieve es invierno
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domingo, 6 de febrero de 2011
Volví a nacer
6 de febrero. Entre las 8 y las 9 de la mañana. Un instante. Hielo y nieve. Un resbalón en el abismo. Sin posibilidad de asirme al mundo. Caigo. Vuelo. La vida y la muerte entrecruzan su camino, me rodean e intentan llevarme con ellas. Un segundo, quizá más, sigo cayendo, imposible detenerse antes de las rocas del valle. Choco. Salgo por los aires. Vuelvo a caer. Deslizo por la nieve. Me pongo de pie. Un indescriptible y profundo dolor me invade desde la pierna y vuelvo a caer. Pienso, luego vivo. Me cuesta respirar porque siento que algo se clava en mi pecho…
Después de tantos años, conservo muy claros aquellos instantes que ocurrieron tan rápido y que tardé varios días, ya en el hospital, en recordarlos en orden. Durante bastantes años celebré mi cumpleaños en esa fecha ya que aquel soleado día de febrero “volví a nacer”, quizá porque en ese año, 1977, tenía destinado vivir, pese a ser entonces adolescente, otros trágicos acontecimientos que me pondrían a prueba y condicionarían en adelante mi forma de ver la vida.
No he olvidado tampoco, y puedo ver sus rostros esforzados y sudorosos, a los compañeros que me sacaron de allí. Y aunque algunos ya se fueron, incluso, paradojas de la vida, en accidentes en la montaña mientras se ganaban el sueldo mensual, y otros continuaron con los años rumbos distintos y tal vez nunca lean estas líneas, siempre estarán en mi recuerdo. Con otros tuve la suerte de vivir posteriores experiencias que nos enriquecieron y nos ayudaron a madurar, a valorar más la vida, las pequeñas cosas y las personas. Artífices todos de un excelente rescate. La cómoda camilla que confeccionaron con cuerdas y piolets, lo bien que inmovilizaron mis fracturas, lo confortable que hicieron mi evacuación por las empinadas y agrestes laderas, la coordinación y el derroche de energía para hacerlo en tan breve espacio de tiempo, solo fue posible por la categoría humana de todos y cada uno de ellos.
Hoy, tanto tiempo después, y en mi blog no podía dejar sin recordar a mis compañeros y así manifestarles mi gratitud. Ellos ya saben a quienes me dirijo.
El casco que me salvó la vida, con los impactos ocasionados por las rocas, y el gorro de lana que llevaba debajo.Ya en el hospital, pasado el susto, el buen humor de mis rescatadores animó mi recuperación recreándome en miniatura para la posteridad
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