lunes, 9 de abril de 2012

Fronteras que separan, fronteras que unen

Hay fronteras que separan y hay fronteras que unen. Hay fronteras que desaparecieron, pero que en tiempos tenían barreras e, incluso, separaban en el tiempo y en el progreso. Atravesarlas hacia el norte no era lo mismo que atravesarlas hacia el sur, aunque en ambos casos siempre eran de gran interés, siempre me proporcionaron experiencias irrepetibles por uno u otro motivo.









Ávido  de nuevos lugares que conocer, lo importante siempre ha sido el dónde y no el cómo. Por eso, ir a Laponia, aunque fuera en febrero y en viejo “4 L” prestado, resultó muy interesante y una sucesión de innumerables anécdotas. Lo que no estaba previsto inicialmente era pernoctar en tienda de campaña, pero la escasez de presupuesto lo convirtió  en “locura” factible, más aún cuando disponíamos de un buen equipo de alta montaña y la edad adecuada para andar de aventura en aventura.  Supimos que llegamos a estar a 26° bajo cero en Rovaniemi y eso que aún nos faltaba “subir” hasta Ivalo, 150 Kms. al norte del Círculo Polar Ártico.










Atravesar Europa frontera tras frontera no supuso complicaciones, pero la anécdota surgió en la última, en Tornio, entre Suecia y Finlandia. Allí metieron nuestro vehículo en un garaje para someterlo a un registro, con perro incluido. Al final, comprobada nuestra legitimidad, terminaron colocando en la pared un poster que les obsequiamos.


Distinta situación viví en la frontera argelina, mejor dicho “en tierra de nadie” pues ya habíamos dejado atrás el control de salida marroquí hacia varios kilómetros. Tras rellenar un montón de papeles, no cumplíamos con un requisito para la entrada de extranjeros, promulgado hacia pocos meses por el Gobierno, y no hubo forma de que nos dejaran pasar la frontera, pese a los insistentes argumentos que esgrimimos largamente.
En Oujda tuvimos que dar la vuelta sin poder cumplir nuestro objetivo de llegar a las montañas del Hoggar, en medio del Sahara, con un “Seat Panda”, también prestado para la ocasión.
 






Del siglo pasado (9)
Este apartado se ilustra con las imágenes obtenidas durante el proceso de digitalización de los originales.

jueves, 5 de abril de 2012

Laberinto de pasiones

Allí viví mil atardeceres de caluroso asfalto y cerveza fría en las terrazas, mil amaneceres de sucios chorretones helados sobre el parabrisas. Viví su trepidante noche de sonido y luces, de conciertos y estrenos, de tugurios que no cierran nunca. Pero otras muchas noches también la vi dormir recorriendo de madrugada sus barrios, sus desiertas y silenciosas calles durante el frío invierno o sorprendido por los ronquidos de las ventanas abiertas en verano.  Dominio de recogedores de basura, polis, taxistas, putas, travestis, repartidores de prensa… y panaderos…, fauna nocturna que se aviva cuando el resto se aletarga, trabajadores intempestivos que mantienen –que mantuvimos- activa la ciudad a la luz de  las farolas.
 




 
Época de “Movida” y de atentados sangrientos, de rodajes en Azca y versiones originales en los Alphaville o los Renoir, de piso compartido y guiones inacabados, de pasos rápidos cortando en la trasnochada los reflejos de los neones de la Gran Vía mientras sonaba “The way it is”. Tiempo de proyectos y aluvión de ideas, de historias fugaces e intensas, de encuentros y caminos dispares, de vivir el momento, de vivir en Madrid.
 


 


 
                  https://youtu.be/WyYC9qRlJxY?si=L7WmARCY5VxyX8tj






Sus  muros contaban historias, los mismos que escondían las jeringuillas de aquella generación que vació su vida por las venas, las mismas paredes que mostraban la firma perecedera de "Muelle" con la que pasó a la historia creando tendencia y los mismos que dieron color a algunos barrios.
 







… Paloma apresada en los ladrillos. Muro hecho cabello de mujer –aún hoy permanece en la calle Bacares del barrio Manoteras-, triste rostro  entre rejas mientras Pegaso vuela libre entre luna y estrellas, obra anónima y urbana, testimonio de su época.

 



..Rostros escapados ¿del  cine?, rostros en blanco y negro -¡claro!- que esquivan los coches, que nos provocan sonrisa y nostalgia con sus mudas palabras.

 

Madrid, laberinto de pasiones. Madrid, todo y nada, confluencia y separaciones, locura y sosiego, tiempo y destiempo.



Del siglo pasado (8)

Este apartado se ilustra con las imágenes obtenidas durante el proceso de digitalización de los originales.
 

 

lunes, 2 de abril de 2012

La montaña de hierro

Lo decía el escritor romano Plinio: “ Metallorum ómnium vena ferri largissima est. Cantabriae maritimae parte, quam Oceanus alluit mons praerupte altus, icredible dictu, totus ex ea materiae est”
“De todas las venas metalíferas, la más abundante en Cantabria es la del hierro. En la zona marítima que baña el Océano hay un altísimo monte que, parece increíble, todo él es de metal…”
Aunque la Sierra de Peña Cabarga no era la única explotación minera romana de Cantabria, su  proximidad al Portus Victoriae Iuliobrigensium (la actual ciudad de Santander) la convirtió en la más significativa de la minería cántabra durante los cuatro siglos de dominio romano. Explotación que continuó a lo largo de la historia, hasta mediados del siglo XX.
Pero no fueron los romanos los descubridores de los yacimientos. Los Concanos, pueblo cántabro que habitaba en la sierra en la segunda Edad del Hierro, ya había fundido el metal, como lo demuestran los hallazgos de uno de sus castros de Peña Cabarga, el de Castil Negro, datado por los expertos en el siglo I antes de Cristo.



Quizá por conocer la historia, subir hasta allá arriba y atravesar los restos de la muralla que rodeaba la aldea, tenga un sentido especial para quien gusta de conocer cada palmo de territorio que recorre, aunque, si no se tienen ojos de experto en prehistoria, allí no se aprecian más que los restos de las excavaciones y las huellas que los jabalíes dejan al hozar.

Enfrente, hacia el este, el Pico Llen (566 mts.) mancillado con torre y antenas.
Hacia el poniente continua la sierra entre algún pequeño pinar y restos de la explotaciones a cielo abierto. En su ladera sur, el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, con el recinto de los elefantes en primer término, y el pueblo que le da nombre.





Cerca del recinto del lince, el camino toma rumbo norte descendiendo, entre pastos ganaderos, hacia la Ría de Solía, El Astillero y el puente de Pontejos.



(Fotografías realizadas el 1 de abril de 2012)

lunes, 26 de marzo de 2012

Colgado de la peña

Que las aguas del río Urdón están limpias lo evidencia su transparencia, que las pozas bajo los puentes invitan al baño salta a la vista; pero que su temperatura  es muy fría se adivina por su procedencia del deshielo. Surgen abundantes de la Cueva del Agua, aunque los espeleólogos ya descubrieron que en realidad bajan de las mismas cumbres del Macizo de Andara a través de una profunda torca, la que denominan “Sima 56”.


Pero el río se olvida según se va perdiendo su rumor en el constante zigzagueo  que obliga el camino para encaramarse en la peña. Por el Mirador de Pilatos las nieves del Macundio parecen estar muy cerca aunque aún quede desnivel por salvar a base de pendiente, vueltas y revueltas.





Al divisar el pueblo de Tresviso, uno ya ha perdido la cuenta de lo que ha subido y se siente por encima del mundo, pero la presencia de ovejas pastando nos recuerda que estamos en la comarca donde se elabora, curado en cuevas, el singular queso “Bejes-Tresviso”, autentico manjar fruto de los Picos de Europa y del buen hacer de sus gentes. Setenta vecinos están empadronados, pero tan sólo una veintena viven allá arriba todo el año.


Cuando por la tarde se deshace el camino, las paredes calizas ocultan pronto el sol y la senda, asomados al abismo, se dibuja espectacular muchos metros más abajo.


(24 de marzo de 2012)